TORMENTA DE VERANO.
Allí
estaba Dolores mirándose desde arriba.
Ella tenía
la capacidad, de separarse de los viejos vestidos.
De la
vieja malaventura. En la nada absoluta.
Flotaba
sintiendo ese calor y ese vacío.
Ese costado
inferior de su cabeza, se hinchaba…se hinchaba.
La
realidad desaparecía cuando un bisturí mágico, extraía el coagulo del miedo.
La caricia
conjeturaba la paz, un estado de felicidad… de calma.
De no
pensamiento.
Una
sensación de electroshock que le permitía, deshilar las culpas.
Sentirse
liviana, y volar, en los días de tormentas bravas como ahora.
En esas siestas calientes, el aire
quemaba cuando intentaba respirar.
Eran esos días de lluvias
Litorales…de piedras del tamaño de una naranja, pegando contra la chapas del
techo mientras el cielo temblaba y la tierra se hacía eco, en gris absoluto.
Estaba bajo sus pies, el mundo. Y
era ligero. Como después de los terremotos.
Después que Santiago del Estero, se
sacudiera absoluta, después de que Valparaíso temblara, hasta arrancar gemidos
de horror y muerte a la tierra. Pedazos de manos y brazos aun en movimiento,
animales en agonía de muerte atrapados por la tierra que se cerraba nuevamente,
Ella, había estado en esos
epicentros, bajo los escombros, y mirando desde arriba más tarde.
Lo recordaba perfectamente, cuando el
olor a azufre caliente lo envolvía todo.
Entonces, quedaba un segundo así… así
en ese estado de lobotomía, en ese estado de nada, hasta poder gritar, el
llanto sangrante de su alma.
Abrazándose sola, acunándose.
De esa forma su madre, estaba allí
de nuevo, ahora en este presente, lleno de pasado, cuando el miedo se percibía,
desposeído, junto a la lluvia.
Nana, Ha, Nana!.., y calor de siesta
Santafecina .
Balanceada hacia atrás y adelante,
sobre las piernas de su madre, cruzadas en el piso, y en esa cuna, en esa
mágica hamaca, sentía que la vida volvía a ser tibia, los miedos desaparecían,
cuando la tormenta pasaba, y venia esa calma clara y el silencio absoluto.
Las manos de madre recorrían su
frente húmeda, acomodando el desparramo de pelo, pegadito a la piel, y con su
índice le envolvía los rulos dorados….tan parecidos a los de su padre….allí
estaba la estampa de la piedad, con su madre viva.
Cuando parecían las ramas caídas,
los trozos de trapos y tierra y la ropa dejaba de revolcarse en el patio, el
reloj, comenzaba a marcar de nuevo el paso del tiempo.
Los árboles arrancados de cuajo, las
hojas con ramas, los pedazos de tablas retorcidos contra el tejido del
gallinero, y las gallinas, escondidas sus cabezas entre las plumas, parecían ovillos
de lana.
Las piletas donde se juntaba el agua
de lluvia, desbordada, como el pozo del patio.
Las calas aplastadas, como peinadas
a la tierra, la vida en jirones de naranja y lima, detrás del recién nacido arcoíris.
Los azares desparramados sobre el
piso, como cubriendo féretros…
Y la vida volvía a la triste
normalidad, Marianela a sus tareas diarias.
Limpiando su casa temprano, para
sacar la tierra de las fotos.
Corriendo a asistir a los ancianos, que
cuidaba, cada mañana sacándoles una sonrisa, a pesar de sus enojos de viejos y
mal carácter.
Una Mañana de enero, no llego al
Hospital.
En la pared del Aljibe, que se veía imponente
con sus maceteros de geranios rojos, dejo señales.
Antes de lanzarse, depositó su atuendo de domingo, y el relicario, con la
foto de su madre.
La encontraron a la salida de una
boca del rio Paraná, atrapada por los juncos de la orilla.
No se sabe cómo llego allí. Como atravesó, ese mesiánico camino.
Quizá sus ángeles, la llevaron a una puerta oculta, para
que deje allí, su traje usado.
Quizá voló sola. Posiblemente desterró su miedo.
Se veía esplendida, con su sonrisa, extraña, y su piel
blanca como las azucenas del patio.
Abrazándose sola, con un ramo de Jazmines en su mano, que
aun perfumaban.
Ven... Siéntate un ratito, hija…la tormenta paso, es corta
la vida, como un mate cuando esta delicioso. Dame un abrazo, no pensemos en
nada, la vida es increíblemente mágica.
Ana Conti , Enero de 2012
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