miércoles, 11 de julio de 2012

Tormenta de Verano.

TORMENTA DE VERANO.



Allí estaba Dolores mirándose desde arriba.

Ella tenía la capacidad, de separarse de los viejos vestidos.

De la vieja malaventura. En la nada absoluta.

Flotaba sintiendo ese calor y ese vacío.

Ese costado inferior de su cabeza, se hinchaba…se hinchaba.
La realidad desaparecía cuando un bisturí mágico, extraía el coagulo del miedo.
La caricia conjeturaba la paz, un estado de felicidad… de calma.
De no pensamiento.
Una sensación de electroshock que le permitía, deshilar las culpas.
Sentirse liviana, y volar, en los días de tormentas bravas como ahora.

En esas siestas calientes, el aire quemaba cuando intentaba respirar.
Eran esos días de lluvias Litorales…de piedras del tamaño de una naranja, pegando contra la chapas del techo mientras el cielo temblaba y la tierra se hacía eco, en gris absoluto.
Estaba bajo sus pies, el mundo. Y era ligero. Como después de los terremotos.
Después que Santiago del Estero, se sacudiera absoluta, después de que Valparaíso temblara, hasta arrancar gemidos de horror y muerte a la tierra. Pedazos de manos y brazos aun en movimiento, animales en agonía de muerte atrapados por la tierra que se cerraba nuevamente,
Ella, había estado en esos epicentros, bajo los escombros, y mirando desde arriba más tarde.
Lo recordaba perfectamente, cuando el olor a azufre caliente lo envolvía todo.
Entonces, quedaba un segundo así… así en ese estado de lobotomía, en ese estado de nada, hasta poder gritar, el llanto sangrante de su alma.
Abrazándose sola, acunándose.
De esa forma su madre, estaba allí de nuevo, ahora en este presente, lleno de pasado, cuando el miedo se percibía, desposeído, junto a la lluvia.
Nana, Ha, Nana!.., y calor de siesta Santafecina .
Balanceada hacia atrás y adelante, sobre las piernas de su madre, cruzadas en el piso, y en esa cuna, en esa mágica hamaca, sentía que la vida volvía a ser tibia, los miedos desaparecían, cuando la tormenta pasaba, y venia esa calma clara y el silencio absoluto.
Las manos de madre recorrían su frente húmeda, acomodando el desparramo de pelo, pegadito a la piel, y con su índice le envolvía los rulos dorados….tan parecidos a los de su padre….allí estaba la estampa de la piedad, con su madre viva.

Cuando parecían las ramas caídas, los trozos de trapos y tierra y la ropa dejaba de revolcarse en el patio, el reloj, comenzaba a marcar de nuevo el paso del tiempo.
Los árboles arrancados de cuajo, las hojas con ramas, los pedazos de tablas retorcidos contra el tejido del gallinero, y las gallinas, escondidas sus cabezas entre las plumas, parecían ovillos de lana.
Las piletas donde se juntaba el agua de lluvia, desbordada, como el pozo del patio.
Las calas aplastadas, como peinadas a la tierra, la vida en jirones de naranja y lima, detrás del recién nacido arcoíris.
Los azares desparramados sobre el piso, como cubriendo féretros…
Y la vida volvía a la triste normalidad, Marianela a sus tareas diarias.
Limpiando su casa temprano, para sacar la tierra de las fotos.
Corriendo a asistir a los ancianos, que cuidaba, cada mañana sacándoles una sonrisa, a pesar de sus enojos de viejos y mal carácter.
Una Mañana de enero, no llego al Hospital.
En la pared del Aljibe, que se veía imponente con sus maceteros de geranios rojos, dejo señales.
Antes de lanzarse, depositó  su atuendo de domingo, y el relicario, con la foto de su madre.
La encontraron a la salida de una boca del rio Paraná, atrapada por los juncos de la orilla.
No se sabe cómo llego allí.  Como atravesó, ese mesiánico camino.
Quizá sus ángeles, la llevaron a una puerta oculta, para que deje allí, su traje usado.
Quizá voló sola. Posiblemente desterró su miedo.
Se veía esplendida, con su sonrisa, extraña, y su piel blanca como las azucenas del patio.
Abrazándose sola, con un ramo de Jazmines en su mano, que aun perfumaban.



Ven... Siéntate un ratito, hija…la tormenta paso, es corta la vida, como un mate cuando esta delicioso. Dame un abrazo, no pensemos en nada, la vida es increíblemente mágica.



Ana Conti , Enero de 2012

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