PARA
SIEMPRE.
…Mientras
me saludaba, con su mano derecha, vi brillar la alianza de compromiso, peinaba
con la otra mano su larga cabellera, negra y brillante, como una turmalina,
entonces supe que el PARA SIEMPRE ….
La mañana de
aquel caluroso enero transcurría bajo la sombra perfumada y dulzona del paraíso,
que atemperaba ese mediodía de verano.
Y la película
muda de mi memoria se llena de imágenes y recuerdos.
La plancha de
carbón, descansa sobre la mesa de madera, cual faro de puerto, oscura y
silenciosa.
María está
allí asomando, su cara filosa con alguna barba distraída, casi masculina, creciendo día a día, siempre detrás de los
lentes permanentes, colgados de su nariz.
Sus hilvanes en la mano, esperando a José
Fromm.
José, no
faltaba a la cita, ningún día de la semana.
Su figura
asimétrica, asomaba primero por hombro izquierdo, como atropellando todo, balanceando
la mano, que parecía rozar el piso, mientras la pierna derecha, más corta, y
con zapato especial, descansaba entera sobre la izquierda.
En ese
movimiento nada sutil que tenía su cuerpo, se lo veía aparecer por la esquina,
rumbo a la ventana.
Su enorme joroba,
sostenida por la nuca, era un bulto similar a la cabeza, que lo hacía, caminar
y sonreírse siempre con esa permanente postura obsecuente.
Nosotros, los
niños jugando a imitar, solíamos descostillar la risa, por aquel cuasimodo en
miniatura que llevaba a María, el pan caliente, recién horneado, y los dos
pantalones listos para ser cocidos.
Esa rutina
diaria de días de semana, hacían que José, llegase a diario con una leve esperanza,
de atreverse a insinuar sus deseos. Compartir
la soledad con ella. Pero las palabras se suicidaban en su boca antes de salir
en el caldo espeso y amargo de la saliva que tragaba tristemente, diluida en
una porción igual de timidez y complejos.
Tenían los
dos, muy claro que la señorita, jamás se fijaría en él, ni en nadie, pues en su
mano aun esgrimía, casi orgullosa, la alianza de compromiso, con la leyenda en
su interior, que decía…Para Siempre Ernesto.
Un día… María decidió no salir más de la casa, se
aisló en su mundo de pantalones plancha de carbón y ventanas abiertas.
Escapándole,
empecinadamente, al aseo personal y de la casa, comenzó a vivir entre la tierra
bajo los manteles que cubrían los muebles, para que no se rayen, tremendamente
sucios, y llenos de telas de araña.
No se sabía
que enojo tan grande la llevo a privarse de la tina caliente, tapar los
espejos, y no ver nunca más su cuerpo desnudo. Sus hermosas caderas redondas.
Huyendo a todo placer de caricia, intima. Y sobre
todo, resignada en su virginidad, hasta de pensamientos.
Sus rosados y
turgentes pezones, pequeños; que
morirían sin la experiencia de ninguna boca, sedienta recorriéndolos.
Sin deseos, sin premuras, sin aseo… PARA
SIEMPRE.
Comenzó a
negarse a cambiar de ropa a pesar de los dardos venenosos que su familia
tiroteaba sobre ella.
Los días que
caían en tropilla de visitas, a aconsejar su soledad, y contar alguna cosa que
siempre la dejaba con la mirada turbia y la tristeza brotando como plumas de
sus poros.
Paso el tiempo
y ya creciendo, logre construir con ella una relación cercana, de mañanas de
pan caliente, cuando murió el sastre jorobado.
Nuestras
charlas giraban entre Ernesto, y los mil amores que calentaban, mi sangre
adolescente. Muchachos, polleras cortas,
tacones en sueco, tapados sin manga, los Beatles, a full desde mi tocadiscos, y
por supuesto, una foto gigante de otro Ernesto, el Che Guevara sobre mi cama.
Eran esos
tiempos en que María y yo, éramos confidentes.
Ella estaba de
observadora feliz de cuanta aventura sucedía, siempre detrás de la ventana. Sonrisa cómplice, sosteniendo a su gata Carmen,
abrazada.
Gesto de Gioconda, ojos melancólicos, con el
mismo vestido todo Enero, y PARA SIEMPRE…con el aburrimiento esperanzado.
Me dio mucha
tristeza saber que murió una mañana fría, de julio en un hospicio, donde todos
los días, la bañaban.
Me dio
nostalgia la ventana sombría, llena de musgo verde.
En esa
mescolanza de recuerdos viejos, estos días, me lleve a la cama su memoria
Al despertar
me sentí liviana y alegre, quería interpretar el mensaje, de un sueño, muy extraño.
Sin poder dejar de escribir tan clara manifestación,
comenzaron mis dedos a escribir algo que no entendía demasiado.
Este cuento
que lleva, el mismo final que comienzo, pues así suceden los sueños cuando
quieres plasmarlos en palabras.
Supe primero
el final de la historia, y me dejo una sonrisa y estas palabras:
Ella, finalmente, había encontrado a Ernesto
en otra vida.
María, se
zambullía en una hermosa laguna transparente, su pelo brillaba, el agua lavaba
todas sus heridas, y ella resplandeciente con cara de niña enamorada,
Me sonreía al
salir desnuda del agua.
Virginal, pero
con la otra sonrisa oculta de la obra de Leonardo.
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