martes, 18 de septiembre de 2012

ODA A LA TIERRA


Oda a la tierra.


Antes de ser pedrusco, fue arena
Textura de muchos colores.
Elementos minerales terrones de mi naturaleza.
Volcán turmalina y jade.
Desierto, estepa, cuchilla y montaña.
Planicie arrastrando páramos sangrientos.


Desde el vientre en llamas de mi tierra.
Surgió incandescente la lava.
Surgió también la vida preñada en cristales de azufre y minerales.
La tierra. La primera madre.


Antes… mucho antes de ser mar fue salina. 
Antes de ser pez corales rojos, negros intensos.
Desiertos inmensos.
Mares salados y ríos dulces.
Lagos llenos de renacuajos, alimento de otras especies.


Y la vida nuevamente asomando en verdes praderas pintando paisajes.
Recogiendo lluvias en rojas corolas florales.
Fertilidad, cimiente, fuerza y mente.
Y la evolución nuevamente en espiral solar
Casi impenetrables.
Como la congregación cósmica de los planetas en el infinito
De la vida a la muerte de la muerte al renacimiento.
Millones de siglos. 

ODA A LA MUJER


Oda a la mujer.
La mujer… mi entraña.
Antes de ser sirena fue pez. O fue mujer pez, como en la Ilíada.
Atormentando a los marinos, que encendidos en alcohol soñaban con sus cantos letales.
Antes de ser mujer fue niña. Acariciada, rescatada, agredida o violada.
Pero pudo volver a su entraña y pudo ser foca, y volver al centro de las aguas.

Pero al igual que la tierra, es hembra.

Mujer... Desde el centro de tu vientre, surge incandescente, la sangre.
La nueva vida, la prolongación, las raíces!...La Madre.
Después de casi dos mil años de sacrilegios, de incendiadas hogueras.
Comenzamos a reconocer, la intuición en el tercer ojo.

Descubrimos que  la percepción es el mismo centro de nuestro corazón de bruja, nuestro corazón de Madre.
Aprendimos a llamarnos Sabias, y somos piel de foca, la más brillante especie marina.
La más dulce amante la mejor amiga.
La más destructiva, cuando nos estafan y nos sacan del centro, o cuando tocan a nuestras crias.
La que deja por sus hijos: el amor, la belleza y hasta mutila sus sueños al azar.
Sometiendo su destino a esa impredecible actitud de querer estar al lado de ellos hasta el último día, a cualquier precio.

Hasta entender que es parte de la vida convertirse,  con el tiempo, solo en el recuerdo dulce, del sabor de las tostadas en las mañanas de invierno.
Y volver al centro de su propio aroma salvaje cuando es tiempo de dejar la puerta del corral abierto con la suficiente inteligencia de no quedar atrapada, sola…adentro y con los candados atrapados en sus dolores.

Y como el águila; volar sobre el pico más alto, mutar sus uñas y plumas y volver renovada por cien años más.
Allí están nuestras lobas, nuestras jefas de tribu, nuestras sirenas locas, nuestras.
A nuestro lado o en la estrellas, esas que yo busco hace mucho en el cielo para hacerles preguntas.
Nuestras guías, nuestra luz en la oscuridad.
Lava convertida en agua marina, para el amor, para el placer para el disfrute.
Nuestra madre universal, la loba,  la leona, las viejas sabias, las que aún conducen la  tribu con la mirada, y pueden curar con su instinto heridas letales.

Somos todo esto dormido.
Mujer debemos despertar y saber que, solo nos salvaremos de su mano, de la mano de la loba que nos habita,  y aprenderemos  a bucear dentro nuestro hasta poder reencontrarnos.

Vestido de Procesiones



 Había quedado atrás, gran parte del desierto, pero yo solo sentía el calor que me quemaba en la espada, y aunque mis piernas estaban dobladas, no podía descifrar, cuál era la sensación ni la intensidad del adormecimiento.
Tuve un presagio terrible de que no volvería a moverlas, como si estuviese muriendo por parte, pues el frio que sentía en ellas, clavaba agujas en otros lugares de mi cuerpo, confundiendo, si era ardor solamente o si algún duende maldito estaba apagando colillas de cigarrillos sobre mis pies como los que fumaba mi padre, apagándolos en cualquier lado y creo que muchas veces intencionalmente, sobre la ropa de mi madre.

El olor del carro, se tornaba nauseabundo, conteniendo mis deseos de orinar, creo que llegue a anestesiar mi vejiga hasta lograr que también ella tuviera ese rictus, de sensaciones, que me congelaba la entrepierna mientras quemaba hacia adentro.
Estaba tratando de hacer lo mismo con la saliva que a modo de vomito salía de mi garganta. Supe que estaba alimentándome de eso, pues Martin y Sofía, sin darse cuenta o intencionalmente, no me dieron nada de comer por muchas horas. Al no poder expulsarlo volvía a tragármelo, junto con el llanto, que fluía de mis ojos como canilla abierta, como cascada silenciosa. El miedo detenía todos los sonidos.
Esto lo sé ahora que pasaron 30 años, y aquí estoy del otro lado de la maldita frontera para contarlo.
 Allí tenía no más de diez años y por suerte todo el instinto de supervivencia aguzado.
La fatal herencia de mis abuelos chamanes, me habían marcado huellas en la memoria, como un camino con luces diminutas que me permitiría sobrevivir a ciegas, aún en una isla desierta.
Para respirar sacaba mi nariz, por un pequeño orificio de una rotura de la alfombra, del tapizado. Mis pasadores habían agrandado con la navaja un pequeño orificio disimulado por la mugre antes de meterme envuelta en una bolsa bajo el espacio  que dejaba el asiento trasero de la rural desvastigada en la que estábamos viajando.
Yo, perfectamente disimulada.
Solo recuerdo que el miedo, era tan grande que soportaba sin darme cuenta, los 120 grados de la Zona Fronteriza de Paso Juárez, mientras la humedad, y mi traspiración construían una pócima que corroía mi espalda como, si fuera un ácido que lentamente se iba esparciendo.
Se, que ellos me llevaban por dinero, que había podido pagarles en parte. l
Del otro lado mi madre,  se suponía, me estaba esperando.
Mi abuela, y sus pocos ahorros sirvieron para conseguir este vuelo en primera clase!.
Cuando, Amaranta, murió, uno o dos meses antes, dejo en el lugar donde escondíamos nuestras cosas queridas e importantes, mi acta de nacimiento, ningún documento pues no tenia, y las cartas de amor de mi madre, que hacía tres años había cruzado la misma frontera, soportando quizá cuales vejaciones en busca de un destino mejor que prostituirse o dejarse matar a golpes y droga en mi natal Ciudad Juárez.
El calor quemaba. El aliento, parecía derretir mi garganta, pero una ola de frio gélido producida por el miedo, me salvaba de una muerte seguramente deshidratada…
No sé en qué momento pase la frontera, solo el auto y yo, pues mis conductores se tuvieron que quedar en el pase aduanero, a solucionar unos temas de ticket del auto, o no sé qué otra hijaputés, de la migra americana.
Yo temblaba y me meaba, mientras el calor y la humedad, se confundían en vapor,  y así,  envuelta en ese traje de astronauta, sentí que al carro, se lo llevaba un remolque, y que si no lograba salir de allí cuando llegara la noche, moriría, para cuando ellos volviesen a buscarlo.

No sé  tampoco quién lo dejo tirado en un depósito, pues el terror me desmayo y me desperté cuando ya la temperatura había bajado, y comencé a sentir que mágicamente podía moverme, al escuchar el absoluto silencio, de la noche.
La puerta trasera estaba abierta y no sé qué Ángel me saco de esa, mi primera tumba.

Pienso ahora, que esa fue la puerta de salida de mi primera vida, pero lo extraño que aún no me explico, fue como pude pasar, de una vida a otra con el mismo karma y la misma ropa de uniforme, que me había dado mi prima Mareta, cuando le quedo chica.

Era el único atuendo de domingo y fiestas de la Virgen, que yo ilusionada   muy feliz, me había puesto para poder pasar sin papeles la frontera que me separaba de mi madre, escondida en la cajeta trasera de un auto.
De allí salí con el vestido azul roto, el cuello blanco se había tornado gris oscuro, la vincha blanca que traía, quedo agarrada en unos hierros, que tuve que empujar, para poder zafarme y los botones de mis manguitas habían desaparecido.
Camine tres o cuatro horas, no lo sé exactamente,  para llegar a la carretera, con una viejo atado, a modo de bolso  con pocas pertenencias y un poquito de plata que había escondido, dentro de las plantillas de mis zapatos negros, otra herencia de Lupita mi otra prima que se había muerto de fiebre, hacia un verano. Y que había sido velada, durante dos días, celebrando la muerte del ángel que se tenía ganado el cielo, tempranamente.

 Mientras todos los parientes, quedaban tirados, en los alrededores de la casa, rechonchos de tanto comer y chupar cerveza con la excusa de la muertita, y de acompañar a los familiares.

Comencé a preguntarme, donde estaba caminando, quizá me había muerto y los zapatos mágicos de Lupita, me llevarían a su lado.
Sentí un poco de alivio al poder moverme, entonces sin saber de dónde, salieron fuerzas…para seguir.
Iba recorriendo con la mirada el paraje tan agreste, con una luna capaz de iluminar una cueva, y enceguecer coyotes, que por suerte no aparecían, encandilados  en sus guaridas, por temor a la luna, tan llena sobre el desierto.
Desesperada por una gota de agua, no terminaba de entender dónde estaba ni i donde estaban las vírgenes, que con el mismo ropaje tantas veces había peregrinado, de la mano de mi abuela rogándoles, pobre vieja, hasta las lágrimas, que me cuidaran.

 Cuando deje en el cementerio, a Amaranta López, mi abuela, y tire un poco de tierra sobre su fosa, las manos se habían convertido en barro, rociadas con mi llanto, y los puños blancos, eran color chocolate. Entre lágrimas, y ojeras de barro y desesperación le jure a mi abuela, que yo cruzaría hacia la libertad, y llegaría donde mi madre.
A vueltas del cementerio, me llevaron unos amigos de la abuela, él era un poco extraño, se llamaba Daniel y siempre golpeaba a su esposa Maribel y a las niñas que eran mis amigas, Lupe y Rosarito
 El, sonreía de una forma, parecía que te tocaba las partes íntimas, con la mirada.
No inspiraba confianza, por eso pedí que me lleven a mi casa, que quería dormir en la cama de mi abuela, como ultima despedida.
Allí me dejaron esa noche, por suerte sola, en el cuartucho donde vivíamos, mi abuela y yo.
 Lave mi único atuendo festivo, lo seque con la plancha de carbón,  me lo puse, de nuevo, cruce mi mochila al hombro y salí disparada, a buscar quien me cruce, siguiendo los consejos de la abuela, huyendo de cuanto hombre amable se me acercara.

Aquí estoy en Los Ángeles, no sé si esta historia es de otra vida, de mi vida anterior, de una herencia de familia o de mis antepasados.
Pero siento que es una vieja profecía, que en este momento, se revela.
¡Como recuerdo la textura de lana del vestido azul lastimándome las manos! Apretujándolo, estirando,  temblando de frio o de miedo, sin más recursos que la confianza, cuando dos personas me levantaron en el camino que conduce al Paso para dejarme, finalmente, en manos de mi madre.
Llegue a ella con el mismo vestido azul de cuello blanco, reciclado y planchado por María, el ángel enmascarado, que me recogió en la carretera, y se ocupó de buscarla.
Esa es la última estampa que recuerdo, cuando veo esta foto, de mis dos vidas en paralelo, y no sé si estoy en la procesión a la virgencita del Valle, de Guadalupe, o de que Virgen, de la mano de mi abuela, o simplemente en una visión, del paraíso.
Yo solo sé que cuando vi el mar y mi madre esperándome con los brazos abiertos, también estaba Amaranta, mi abuela bonachona, confundida en un abrazo, aunque sus huesos, descansen allá, tan lejos, en la tierra de  Juárez.