Había quedado atrás, gran parte del desierto,
pero yo solo sentía el calor que me quemaba en la espada, y aunque mis piernas
estaban dobladas, no podía descifrar, cuál era la sensación ni la intensidad
del adormecimiento.
Tuve un presagio terrible
de que no volvería a moverlas, como si estuviese muriendo por parte, pues el
frio que sentía en ellas, clavaba agujas en otros lugares de mi cuerpo, confundiendo,
si era ardor solamente o si algún duende maldito estaba apagando colillas de
cigarrillos sobre mis pies como los que fumaba mi padre, apagándolos en
cualquier lado y creo que muchas veces intencionalmente, sobre la ropa de mi
madre.
El olor del carro, se
tornaba nauseabundo, conteniendo mis deseos de orinar, creo que llegue a
anestesiar mi vejiga hasta lograr que también ella tuviera ese rictus, de
sensaciones, que me congelaba la entrepierna mientras quemaba hacia adentro.
Estaba tratando de hacer
lo mismo con la saliva que a modo de vomito salía de mi garganta. Supe que
estaba alimentándome de eso, pues Martin y Sofía, sin darse cuenta o
intencionalmente, no me dieron nada de comer por muchas horas. Al no poder
expulsarlo volvía a tragármelo, junto con el llanto, que fluía de mis ojos como
canilla abierta, como cascada silenciosa. El miedo detenía todos los sonidos.
Esto lo sé ahora que
pasaron 30 años, y aquí estoy del otro lado de la maldita frontera para
contarlo.
Allí tenía no más
de diez años y por suerte todo el instinto de supervivencia aguzado.
La fatal herencia de mis
abuelos chamanes, me habían marcado huellas en la memoria, como un camino con
luces diminutas que me permitiría sobrevivir a ciegas, aún en una isla desierta.
Para respirar sacaba mi
nariz, por un pequeño orificio de una rotura de la alfombra, del tapizado. Mis
pasadores habían agrandado con la navaja un pequeño orificio disimulado por la
mugre antes de meterme envuelta en una bolsa bajo el espacio que dejaba
el asiento trasero de la rural desvastigada en la que estábamos viajando.
Yo, perfectamente
disimulada.
Solo recuerdo que el
miedo, era tan grande que soportaba sin darme cuenta, los 120 grados de la Zona
Fronteriza de Paso Juárez, mientras la humedad, y mi traspiración construían
una pócima que corroía mi espalda como, si fuera un ácido que lentamente
se iba esparciendo.
Se, que ellos me llevaban
por dinero, que había podido pagarles en parte. l
Del otro lado mi madre, se suponía, me
estaba esperando.
Mi abuela, y sus pocos
ahorros sirvieron para conseguir este vuelo en primera clase!.
Cuando, Amaranta, murió,
uno o dos meses antes, dejo en el lugar donde escondíamos nuestras cosas
queridas e importantes, mi acta de nacimiento, ningún documento pues no tenia,
y las cartas de amor de mi madre, que hacía tres años había cruzado la misma frontera,
soportando quizá cuales vejaciones en busca de un destino mejor que
prostituirse o dejarse matar a golpes y droga en mi natal Ciudad Juárez.
El calor quemaba. El aliento,
parecía derretir mi garganta, pero una ola de frio gélido producida por el
miedo, me salvaba de una muerte seguramente deshidratada…
No sé en qué momento pase
la frontera, solo el auto y yo, pues mis conductores se tuvieron que quedar en
el pase aduanero, a solucionar unos temas de ticket del auto, o no sé qué otra
hijaputés, de la migra americana.
Yo temblaba y me meaba, mientras el calor y la humedad, se confundían en
vapor, y así, envuelta en ese traje de astronauta, sentí que al
carro, se lo llevaba un remolque, y que si no lograba salir de allí cuando
llegara la noche, moriría, para cuando ellos volviesen a buscarlo.
No sé tampoco quién lo dejo tirado en un depósito,
pues el terror me desmayo y me desperté cuando ya la temperatura había bajado,
y comencé a sentir que mágicamente podía moverme, al escuchar el absoluto silencio,
de la noche.
La puerta trasera estaba abierta y no sé qué Ángel me saco de esa, mi primera
tumba.
Pienso ahora, que esa fue
la puerta de salida de mi primera vida, pero lo extraño que aún no me explico,
fue como pude pasar, de una vida a otra con el mismo karma y la misma ropa de
uniforme, que me había dado mi prima Mareta, cuando le quedo chica.
Era el único atuendo de
domingo y fiestas de la Virgen, que yo ilusionada muy
feliz, me había puesto para poder pasar sin papeles la frontera que me separaba
de mi madre, escondida en la cajeta trasera de un auto.
De allí salí con el
vestido azul roto, el cuello blanco se había tornado gris oscuro, la vincha
blanca que traía, quedo agarrada en unos hierros, que tuve que empujar, para
poder zafarme y los botones de mis manguitas habían desaparecido.
Camine tres o cuatro
horas, no lo sé exactamente, para llegar a la carretera, con una viejo
atado, a modo de bolso con pocas pertenencias y un poquito de plata que
había escondido, dentro de las plantillas de mis zapatos negros, otra herencia
de Lupita mi otra prima que se había muerto de fiebre, hacia un verano. Y que
había sido velada, durante dos días, celebrando la muerte del ángel que se tenía
ganado el cielo, tempranamente.
Mientras todos los parientes, quedaban
tirados, en los alrededores de la casa, rechonchos de tanto comer y chupar cerveza
con la excusa de la muertita, y de acompañar a los familiares.
Comencé a preguntarme,
donde estaba caminando, quizá me había muerto y los zapatos mágicos de Lupita,
me llevarían a su lado.
Sentí un poco de alivio
al poder moverme, entonces sin saber de dónde, salieron fuerzas…para seguir.
Iba recorriendo con la
mirada el paraje tan agreste, con una luna capaz de iluminar una cueva, y
enceguecer coyotes, que por suerte no aparecían, encandilados en sus guaridas, por temor a la luna, tan
llena sobre el desierto.
Desesperada por una gota
de agua, no terminaba de entender dónde estaba ni i donde estaban las vírgenes,
que con el mismo ropaje tantas veces había peregrinado, de la mano de mi abuela
rogándoles, pobre vieja, hasta las lágrimas, que me cuidaran.
Cuando deje en el
cementerio, a Amaranta López, mi abuela, y tire un poco de tierra sobre su
fosa, las manos se habían convertido en barro, rociadas con mi llanto, y los
puños blancos, eran color chocolate. Entre lágrimas, y ojeras de barro y
desesperación le jure a mi abuela, que yo cruzaría hacia la libertad, y
llegaría donde mi madre.
A vueltas del cementerio,
me llevaron unos amigos de la abuela, él era un poco extraño, se llamaba Daniel
y siempre golpeaba a su esposa Maribel y a las niñas que eran mis amigas, Lupe
y Rosarito
El, sonreía de una forma, parecía que te
tocaba las partes íntimas, con la mirada.
No inspiraba confianza,
por eso pedí que me lleven a mi casa, que quería dormir en la cama de mi
abuela, como ultima despedida.
Allí me dejaron esa
noche, por suerte sola, en el cuartucho donde vivíamos, mi abuela y yo.
Lave mi único
atuendo festivo, lo seque con la plancha de carbón, me lo puse, de nuevo,
cruce mi mochila al hombro y salí disparada, a buscar quien me cruce, siguiendo
los consejos de la abuela, huyendo de cuanto hombre amable se me acercara.
Aquí estoy en Los
Ángeles, no sé si esta historia es de otra vida, de mi vida anterior, de una
herencia de familia o de mis antepasados.
Pero siento que es una
vieja profecía, que en este momento, se revela.
¡Como recuerdo la
textura de lana del vestido azul lastimándome las manos! Apretujándolo, estirando,
temblando de frio o de miedo, sin más recursos que la confianza, cuando
dos personas me levantaron en el camino que conduce al Paso para dejarme,
finalmente, en manos de mi madre.
Llegue a ella con el
mismo vestido azul de cuello blanco, reciclado y planchado por María, el ángel
enmascarado, que me recogió en la carretera, y se ocupó de buscarla.
Esa es la última estampa
que recuerdo, cuando veo esta foto, de mis dos vidas en paralelo, y no sé si
estoy en la procesión a la virgencita del Valle, de Guadalupe, o de que Virgen,
de la mano de mi abuela, o simplemente en una visión, del paraíso.
Yo solo sé que cuando vi
el mar y mi madre esperándome con los brazos abiertos, también estaba Amaranta,
mi abuela bonachona, confundida en un abrazo, aunque sus huesos, descansen
allá, tan lejos, en la tierra de Juárez.